Plaza Brasil: paisaje en tránsito

Añoro las plazas.
Eran centro de reunión en mi juventud.
Nos desmañábamos en los asientos, conversábamos desde el crepúsculo al anochecer en sus esquinas, nos cobijábamos bajo la sombra de algunas palmeras en las tardes.
Nos absorbía la magia de ensoñadoras conversaciones, nos recreábamos con el relato de picardías inaugurales, piropeábamos tímidamente a muchachillas vecinales.
 
A media cuadra de la principal de Puente Alto llegaba -crujiente y rumoroso- el tren que corría por trocha angosta desde la Plaza Baquedano y después partía en Ñuble. Los cines Palermo, Nacional y Plaza nos cautivaban en el entorno, con seriales que quedaban en suspenso, domingo a domingo.
 
Ya en el camino del periodismo, descubrí otras que no se desdibujan: Iquique, La Serena, San Felipe, Los Andes, Curicó, Valdivia, Osorno y Castro, entre muchas.
 
Tertulias, juegos, citas.
 
Ahora, la mayoría va al mall, a hartarse de comida chatarra y a invertir irresponsablemente con sus tarjetas de crédito.
 
En Santiago, una llama históricamente la atención: Plaza Brasil.
 
Aparece en crónicas agudas e inteligentes de Joaquín Edwards Bello, residente en el barrio. En melancólicas páginas de Daniel de la Vega, con el rescate de peleas entre cadetes y estudiantes. Y de encuentros a hurtadillas entre enamorados.
 
Mi maestro Luis Sánchez Latorre (Filebo) también recreó anécdotas y describió el ambiente, a pesar de que sus devociones y recuerdos se concentraban más en Plaza Yungay.
 
Paciente, avizor y despierto, el fotógrafo y profesor universitario Rodrigo Casanova Moreno echó a andar por las cercanías de Plaza Brasil. Armado de sus cámaras, atrapó soledades, sombras y nostalgias de sitios eriazos. Atrapó imágenes que sugieren abandono, memoria, reencuentros. Las seleccionó y originó el libro "Paisaje en tránsito", editado por Lom, con prólogo de Sergio Rojas, en versión trilingüe.
 
Luces que se esfuman junto a descascarados muros de adobe y edificios en sosiego en Agustinas y Cumming, en el Santiago antiguo. Más allá la maleza desbordaba, el barro insolente. En Compañía y Maturana, la vieja iglesia con su arquitectura enhiesta, los graffitis desordenados. En Libertad y Moneda, el pasto seco y la basura sin recolectar.
 
Árboles despeinados, rastros de historia, reflejos del ayer.
 
Un libro para ver y coleccionar.
 
 
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